22/Sep/2019
Editoriales

Paradojas El Rebelde del acordeón

En una colonia brava del sur de Monterrey, a cinco minutos del centro de la Ciudad, en una útil sombrita platicaban en pleno mediodía un músico y un candidato a Alcalde, previo a las elecciones municipales del año 2000.

_Quiero hacer un mitin en estos rumbos para reunir gente y convencerla de que vote por mí, dijo el candidato. 

Requiero de tu ayuda, pues dice Mojica, tu representante, que acá todos te quieren, así que prepárate para tocar el fin de semana.

Celso Piña sabía que hablaban en serio y le dijo:

_Mira, candidato, por gente no te preocupes, yo los saco a oír música, y ahí les hablas, no sé si voten, pero te escucharán.

El candidato asintió y le dijo que volvería el fin de semana, que le cobrara poco porque si realmente tenía capacidad de convocatoria, habría muchas otras tocadas en su campaña.

_Si tienes tiempo, ahorita mismo te hago una prueba para que veas cómo funciona esto, dijo muy seguro Celso Piña.

El candidato, incrédulo como debía ser, y más por el horario, le dijo que estaba bien, nada se perdía si no juntaba a nadie.

Celso subió a la lomita del Cerro de la Campana y tocó su acordeón, moneándolo, y exprimiéndolo como las señoras le hacen a la ropa que lavan en el arroyo.

Del instrumento brotaron rítmicas notas musicales que bajaban a los callejones y se metían a las casuchas. 

Cumbia sobre el río, Cumbia campanera, Macondo, Aunque no sea conmigo, Gitana, Al pensar en ti, Sumidero nacional, Cumbia sampoesana, y otras que integran el repertorio del Vallenato Regio.

Quien sabe de dónde, salieron jóvenes y viejos a aplaudirle y a bailar en pleno solazo, como si fueran niños siguiendo al Flautista de Hamelin.  

¿No estudiarán o trabajarán a estas horas? Se preguntaba el candidato.

Tal vez no era gente, sino fantasmas perdidos, de los que abundan en las leyendas urbanas de esos barrios, que no trabajan, ni estudian, ni votan, pues la vida para ellos es otras cosas, como la música del Rebelde del Acordeón, por ejemplo.

 

Este texto lo publiqué el 12 de junio de 2007, en reconocimiento a mi amigo Celso Piña, cuya popularidad había crecido mucho. Hoy que tomó el camino de la luz, lo recuerdo con afecto. QEPD.